lunes, noviembre 29

Eugenia


Alejandro Jodorowsky
Tomado de su obra «El paso del ganso»

No hay artes mayores ni menores. Cada obrero debe hacer un arte de su oficio. ¡Soy un artista! Maquillar muertos no es fácil: primero, el maquillaje debe ser imperceptible; segundo, tiene que dar un aspecto de salud y optimismo; tercero, reproducir exactamente los rasgos del cliente... A veces el material llega en mala condición. Color y carácter deben ser restaurados mediante datos que proporcionan familiares y amigos; datos siempre contradictorios. No obstante, yo cumplo mi tarea. Allí donde hay frío y deformación, pongo forma y color. ¡Soy un artista!... En pocos minutos más se podrá decir «¡Era!».

Otro, en mi lugar, estaría contento. Creería haber llegado a la cúspide. No es para menos: encerrado en el Congreso, trabajo sobre el cadáver de "El Inmortal". Afuera, un millón de camisas verdes esperan que abra la puerta para desfilar junto al "dormido". Ellos no saben. Yo sé.

Ayer, doce curas vestidos de civil me llamaron a la Gran Sede. En una oficina, luego que hube hecho toda clase de juramentos respecto a mi silencio, me revelaron el secreto. Ellos eran el cerebro y "El Inmortal" su marioneta... Es preciso que los camisas verdes sigan creyendo en la supervivencia del Jefe. Mi labor es maquillarlo hasta que se vea lo más viviente posible y repetir cada día mi obra de arte sin que nadie se entere. «¡Es fundamental para la causa el mito de la resurrección!», me han dicho. Tengo mi fortuna asegurada. Debería estar contento; no lo estoy. Cuando abra las puertas, firmaré mi condena. También la condena de esta falsa doctrina.

Nunca pude encontrar esposa a causa de mi oficio. Dicen que el olor a muerto emana de mis dedos. De vez en cuando, alguna depravada me busca para besarme las manos. Los pobres me desprecian porque realizo mi obra sobre rostros de ricos. No tienen razón. El rostro de un pobre, vivo o muerto, es casi lo mismo; a veces tienen una expresión más reposada dentro del ataúd que la que tenían en vida. Con los clientes de primera clase la cosa cambia: me traen el material disfrazado con fracs, uniformes, medallas, anillos, bandas, cruces, pecheras y me piden mucho color, mucho optimismo. Cuando quito esas cáscaras para dar el baño de rigor, del bulto imponente que ponen a mi disposición queda entre mis manos un miserable cuerpecito con las más feas expresiones de terror, maldad, orgullo o avaricia. Ellos sí tienen necesidad de mi arte. Y debo trabajar horas para hacer de sus caras algo decente.

No tengo, por lo tanto, hijos ni amigos; y un oficio como el mío hace amar a la vida. Era una tristeza insoportable... De pronto, huyendo de los camisas verdes, llegó Eugenia. La escondí. No la encontraron. Su padre había sido contrario a "El Inmortal". El líder, luego de asesinarlo, estaba exterminando a toda la familia. Eugenia tenía siete años y una mirada tan triste como la mía. A partir de aquel momento, la consideré mi hija.

Ella fue feliz conmigo. Yo fui feliz con ella... Me ayudaba a maquillar. Si nos tocaba trabajo un domingo, luego de terminada la tarea, hablábamos como payasos e improvisábamos absurdos diálogos a propósito del muerto, en voz baja para que no nos oyeran los deudos. Un chiste que hacía reír mucho a Eugenia era que colocáramos al difunto sentado en el ataúd, que yo me pusiera detrás, pasara los brazos por debajo de sus axilas y lo hiciera gesticular un discurso sobre el tiempo.

Dos años estuvimos juntos. Le enseñé mis secretos. Nadie sabe que ella -es un prodigio para alguien de su edad- maquilló al cardenal Barata. Trabajo le costó hacer de la atroz mueca de escepticismo y desprecio, una sonrisa beatífica... La mirada triste de Eugenia no cambió nunca. Sin embargo, su sonrisa resplandecía como el Sol. No soy poeta: afirmo que su sonrisa era para mí como el Sol. Pero "El Inmortal" no se apiadaba del Sol ni del universo entero. Recuerdo que dijo: «Si Dios baja a la Tierra y su nariz no me gusta, a Dios mismo lo mando fusilar».

Delatar, ¿qué impulsa al hombre a este acto? Ni lucro, ni envidia, ni venganza, ni espíritu de justicia. Creo que la delación es un instinto. Y el amor, ¿por qué nos conduce al riesgo? ¿Acaso la felicidad no puede encontrarse sino junto al peligro mortal? Al final, salía con Eugenia durante el día, íbamos cantando al trabajo, asistíamos a los desfiles con antorchas, jugábamos a la rayuela frente a los cuarteles de camisas verdes... Fue normal: nos delataron.

Reconozco que el líder era un genio teatral. Me llamaron por teléfono. «Dos clientes... Viejo matrimonio... Entierro de lujo... El rostro del caballero para usted... El de la dama para su ayudante...» Llegamos a la dirección indicada. Un lacayo, demasiado altivo para su oficio, se alejó con Eugenia dejándome en una pieza. No había cadáver. Sólo un féretro vacío para niño... Quise abrir la puerta. Estaba encerrado. Oí risas obscenas y ruido de botas. Esperé... Cuando me lanzaron el cuerpo de Eugenia gritando «¡Es tu turno!», no quise comprender. Realicé sobre su carita el maquillaje de payaso que siempre me pedía y la deposité en el pequeño ataúd.

Encerrado en el Congreso, trabajo sobre "El Inmortal". Afuera, un millón de camisas verdes esperan que abra la puerta. Mi obra está terminada... Firmaré mi condena de muerte. También la condena de esta falsa doctrina:

-¡Entren, camisas verdes, vean!

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